Dos dirigentes de la oposición, el líder estudiantil Yon Goicoechea y Raúl Isaías Baduel, ex ministro de Defensa, han insinuado lo que aconteció esa noche. En una entrevista publicada por EL PAÍS el 4 de diciembre, Goicoechea dice: “Por la noche, y por conocimiento de ciertas reuniones de las que estábamos siendo informados, me preocupé mucho… No las puedo revelar. Algunas son confirmadas y otras no… Preferiría no comentarlas”. En cuanto a que si hubo reuniones de dirigentes opositores con Hugo Chávez, respondió: “Me imagino, no lo sé”. Y el propio general Baduel, en una entrevista con CNN transmitida el día 4 de diciembre por la mañana, evocó en términos crípticos el precedente del golpe de Estado fallido de abril de 2002. Sugirió que al igual que aquel día, las fuerzas armadas venezolanas, fieles a su tradición democrática (sic), este domingo se opusieron a un intento de “perjudicar al pueblo”. Se refería al rechazo de los militares venezolanos, hace cinco años, de acatar la orden de Chávez de disparar contra los manifestantes opositores si se acercaban demasiado al Palacio de Miraflores. Y se refería -a propósito de esta jornada electoral-, a la hipotética negativa de Chávez a aceptar su derrota, ya sea por un punto y fracción, ya sea como sospechan muchos, de entre cinco y seis puntos.
De estas insinuaciones y de otras especulaciones, se desprende el siguiente escenario. Desde antes de las seis de la tarde, Chávez ya sabía, gracias a sus propias encuestas de salida y de conteo rápido, que el “no” habría ganado por entre cuatro y seis puntos de ventaja. Habría decidido negarse a aceptar este resultado, y volcarse a la denuncia de la conspiración, ya denominada Operación Tenazas, urdida por el “imperialismo”, el Rey de España, Álvaro Uribe de Colombia y todas sus demás bêtes noires. Cuatro o cinco horas después, alrededor de las once, el alto mando de las fuerzas armadas le hubiera exigido a Chávez aceptar el resultado, o ser removido (recordando el papel del general Matthei en el referéndum chileno de 1988); el propio Baduel se habría comunicado telefónicamente con Chávez hacia las 11:30, para decirle exactamente lo mismo. Terminó por convencerlo.
Pero Chávez habría solicitado a cambio que el margen oficial de triunfo de la oposición se redujera a aproximadamente un punto, permitiéndole salvar cara y presentarse como un magnánimo demócrata ante el mundo. Faltaba negociar todo esto con algunos dirigentes de la oposición, asegurando que no publicitarían un resultado diferente al pactado, cuando hubieran contabilizado todas las actas en su poder. Veremos si esta versión se confirma o se desmiente.
De ser cierto todo esto -y vale la pena insistir: es solo especulación informada- Baduel estaría reencarnando el papel del contralmirante Wolfgang Larrazabal en 1958, cuando la caída de Marcos Pérez Jiménez, preparando el camino para una especie de “chavismo sin Chávez”. En efecto, muchos integrantes del alto mando castrense quizás se han preguntado más o menos lo siguiente: “lo que nos gusta del chavismo es la posibilidad de enriquecernos y convertirnos en la ya famosa Boliburguesía, repartir algo de los excedentes del petróleo entre los sectores populares, y ser un poco más independientes de Washington. ¿Por qué diablos debemos pelearnos con la iglesia, entre nosotros mismos, con Juan Carlos I, con Álvaro Uribe, con Aznar, con Fox, con Toledo y García, con Bush y el Senado brasileño, con los estudiantes y con CNN, y aliarnos con Ahmedinejad y Castro, para lograrlo? ¿Por qué no continuamos haciendo lo primero y evitamos lo segundo? De preferencia con Chávez, si aprende a estarse quieto, pero sin él si no puede”. De ser así, la respuesta a la pregunta sería incontrovertible: como diría Juan Gabriel, el gran canta-autor mexicano, qué necesidad.
Jorge Castañeda fue secretario de Relaciones Exteriores de México y es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.