Publicado en NoticieroDigital, Venezuela.
Por Octavio Montiel.
En este trance choreto
de la vida ciudadana,
cualquier vaina cotidiana
la dicta un solo sujeto
cuya palabra es decreto
que transcriben sus sirvientes.
Son actores obedientes
que lo siguen en comparsa
representando esta farsa
de mentiras recurrentes.

Hoy salen muy diligentes,
con obsecuencia notoria,
buscando adaptar la historia
a los relatos dementes,
inciertos e incongruentes
que él ordena a toda mecha.
Decretó que aquella fecha
se registre en los anales
por arrojos proverbiales
y en hazaña bien arrecha.

“Decreto que la derecha
se infiltró aquí en Miraflores
y sus francotiradores
me endosaron la sospecha.
Pues desde esta misma brecha,
con un ataque oportuno,
mataron a uno por uno
de la manifestación
para crear confusión
en la esquina de Llaguno.

Hambriento, sin desayuno
-no había pegado ni un diente-
me fajé como valiente,
aunque débil y en ayuno.
No rehuí de ninguno,
combatí como un león.
A éste le pegué un trompón;
a aquel otro, unas patadas
y, con fuerzas agotadas,
me golpearon a traición.

Allí perdí la noción
porque el golpe contundente
me dejó más inconsciente
que al mismo Lucas Rincón,
quien salió en televisión
poseído, mire usted,
cargándome no sé que
masacre con la denuncia
que conllevó a mi renuncia,
renuncia que yo acepté.

Fue así como desperté
mirando junto a las gorras
que estaba Monseñor Porras
ofreciéndome café.
Yo que soy hombre de fe
que inclusive enciendo vela,
tuve que darle tutela
al hombre de la sotana
cuando su llanto, mi pana.
me mojaba la franela.

¡Llévatelo, centinela!
-le dije yo a aquel soldado-
¿No lo ves que está asustado,
pues le teme a la candela?
Sácalo, porque la tela
se me está ensuciando un poco;
ya que por temor al coco
este cura Baltasar
el pecho me va a dejar
empapado todo en moco.

Después, un batallón loco
me llevó en extraño vuelo
y me encerró con gran celo
en medio del zaperoco.
Allí no faltó tampoco
el miedo por mi odisea.
Porque, aunque usted no lo crea,
se me echaron de rodillas
y me pidieron pastillas,
pues el temor, da diarrea.

la cosa se puso fea
para el golpista cobarde
cuando un poquito más tarde
mi pueblo dio la pelea.
Era la roja marea
que se echaba de a montones
por la calles y rincones
con la voz determinante:
“¡Suelten a mi comandante,
pues somos sus 10 millones!”…

Caray, es que mis mojones
hasta yo mismo los creo.
porque inventando, me veo
valiente y con pantalones.
Son muchos los maricones
que me tienen de caudillo,
siendo que no tengo el brillo
ni las bolas de un resteado.
Y hoy sí que estoy bien cagado…
señores, tengo culillo.

Octavio Montiel