Como Carlos Andrés Pérez cuando se le murió Pedro Tinoco, el hombre que pensaba por él, Chávez queda descerebrado con la muerte de Fidel, que a los efectos prácticos yá ocurrió. Sin embargo, sigue desarrollando el plan de Fidel con respecto a Colombia, pero con errores tácticos que Fidel no hubiera cometido y enredado en la entretejida relación que Chávez hace tiempo montó con la guerrilla.
Cuando va hacia los diez años en el ejercicio de un poder casi total, gastando a discreción los dineros públicos y usando instituciones como la Legislatura, la Fiscalía, la Contraloría, la Judicatura y la Fuerza Armada para eliminar a sus adversarios, Hugo Chávez no ha logrado montar un gobierno de mínima eficacia ni estructurar un partido político que le respalde. Las industria básicas, especialmente la petrolera, están desmanteladas y son pasto de la más descarada corrupción. Sin empleo propiamente dicho, los pobres viven de la limosna gubernamental. Desde la caída del sol, la inseguridad vacía las calles, especialmente en las barriadas populares, donde el hampa es gobierno. Los servicios públicos no funcionan y encontrar comida se ha convertido en calvario cotidiano de las clases popular y media. No hay en el continente un caso más flagrante de incapacidad en todos los campos, ni una clase gobernante más corrompida que los jerarcas de la revolución chavista.
No era esto lo que Chávez quería hacer con el poder. Aunque no tenía claro lo que haría ni cómo lo haría, mucho menos con quién lo haría, le movía la intención de mejorar la calidad de vida de los pobres y darles espacio en el ejercicio del poder. Como doctrina traía un socialismo tan confuso que más bien era fascismo. Conocimientos de economía y finanzas no tenía –no podía tenerlos-, pero le consolaba la coartada psíquica de que eso en realidad no era grave, porque lo importante es la política entendida como sujeción de un poder tanto más eficaz cuando más absoluto y centralizado. Con ese poder total y el chorro de petrodólares, se sentía capaz de cambiar no sólo a Venezuela, sino al continente y hasta el resto del mundo. En cuanto a su propio país eso ha ocurrido, pero en el peor de los sentidos.
Hay razones para pensar que fue Fidel Castro quien desvió el rumbo del joven militar quien un electorado irresponsable y frívolo, inconsciente de la importancia de una elección presidencial y sin noción de lo que es un presidente, había entregado el destino de Venezuela. El muchacho básicamente ingenuo, de imaginación inflamable y psíquicamente necesitado de un tutor, fue fácilmente seducido por el viejo bellaco. Fidel le sorbió el seso a Chávez, quien a partir de ese momento quedó inhabilitado para pensar con su propia cabeza.
Por cierto que ese fenómeno de suplantación cerebral es frecuente en el poder, no sólo de naciones, sino de empresas e instituciones privadas. Rasputinismo, podríamos llamarle, en memoria del monje que se apoderó de la voluntad de los monarcas rusos en la etapa final del zarismo. Esos manipuladores naturales existen en todos los campos y niveles, y siempre encuentran espíritus íntimamente frágiles, aunque aparentemente firmes, en quienes ejercitar sus dotes. Fue de ese tipo la relación entre mi amigo Pedro Tinoco y otro personaje en apariencia poderosa pero esencialmente ingenuo que fue Carlos Andrés Pérez. Con Betancourt solíamos comentar ese fenómeno. En 1974 Tinoco puso a cada lado de Pérez un hombre suyo que le resolviera el problema de pensar y le indujera decisiones. (No digo sus nombres para que estas reflexiones no se me disuelvan en el chisme). Después, en 1989, le hizo el programa de gobierno. Cuando Pérez leyó en ese programa que su tarea sería el cambio de modelo económico a marcha forzada, dijo, muy suficiente: “Esto en América Latina no podemos hacerlo sino Pinochet y yo”. Lo único tan pendejo como eso fue lo que dijo cuando el Comandante del Ejército le llevó, bien a tiempo, la información completa sobre la conspiración de Chávez: “¡A mí no se me alza nadie!”. Era la fase terminal, esa en la cual los hombres llegan a creer en su propio mito*.
Para la persona que ha encontrado quien piense por ella, la situación es confortable. Sobre todo si disfruta lo que el poder tiene de espectáculo, a lo cual puede dedicarse mientras otro diseña el proyecto y toma las decisiones de gobierno. Como Pérez, Chávez tiene más de show man que de estadista. Sus programas dominicales son calcos del famoso “Show de Renny”. Como era de otra época, Pérez no tenía ese dominio del medio televisivo, pero su performance era formidable en las grandes concentraciones populares que antes se usaban.
A Pérez, Tinoco le indujo dos errores que Venezuela todavía está pagando. En el primer gobierno fue endeudar el país. El ingreso por esa deuda, sumado al eruptivo ingreso petrolero, hicieron una masa dineraria que intoxicó la economía y desató la codicia de los gobernantes y sus socios –generalmente constructores y banqueros. Se nos desató el atavismo de ladrones y, peor aún, nos volvimos deuda-adictos. En el segundo gobierno de Pérez, Tinoco trajo la idea de cambiar el modelo económico proteccionista por un liberalismo aplicado en terapia de choque. Fue demasiado contrariar la realidad socio-económica de un país rentista. El paquete económico neo-liberal se comió las bases de un poder partidista que ya venía erosionado por la mediocridad de sus líderes y dejó el escenario político listo para una oleada fascista, la que lidera Chávez.
Sin embargo, a Pérez no lo hubieran derrocado si Tino no se muere. El banquero tenía en el mundillo militar agentes suyos que le mantenían minuciosamente informado sobre la actitud de casi cada oficial y sabían aplicar a los descontentos el siempre eficaz tratamiento de resolverles sus problemas económicos. Pero Tinoco enfermó de un cáncer duodenal que se lo llevó rápidamente. En los dos años finales ya estuvo reducido en su formidable capacidad de trabajo, lo cual dio lugar a una desviación de Pérez hacia la amistad del polo anti-tinoquista representado en Marcel Granier, breve episodio en el cual el enlace fue Reinaldo Figueredo. Pero esas intrigas de palacio no influyeron en el curso de los hechos. Lo importante no fue el breve romance con Granier, sino la desaparición del hombre que pensaba por Pérez.
Con la muerte de Tinoco, Pérez quedó descerebrado. Hay señales de que a Chávez le está ocurriendo lo mismo con la muerte de Fidel. Por cierto, que Fidel ha estado enfermo del mismo mal que se llevó a Tinoco. Y, como en aquel caso, en su fase final no ha podido prestar la asesoría de antes, abriendo espacio a torpezas tácticas y hasta a infidelidades intelectuales del discípulo.
Ricardo Pascoe, alto diplomático mexicano, fiel a López Obrador y por tanto afín a Chávez, amigo de Fidel ante quien recientemente fue embajador de México, ha publicado un libro que ilumina el tema. Pascoe registra diferencias importantes entre lo que Fidel considera prudente y la conducta del Chávez en los últimos dos años. Basado en sus conversaciones con el cubano antes de de que éste cayera enfermo, el mexicano revela que en Fidel es preocupación angustiosa la tensión entre Colombia y Venezuela, por cuanto puede convocar el derrocamiento de Chávez. La guerrilla se ha vuelto inconveniente para los intereses de Fidel, ya que pone cada vez más poder en manos de los militares inevitablemente conectados con Washington. De allí los esfuerzos por convertirla en partido político regular.
Chávez sorbió esa preocupación de Fidel. Sabe que mientas más fuerte sea la guerrilla más fuertes serán los militares mayor la relación entre Colombia y Estados Unidos. También está consciente de la incapacidad de la Fuerza Armada venezolana, roída por la politiquería y la corrupción, para enfrentar a Colombia si Estados Unidos decide mover ese país contra Venezuela. Puede afirmarse que si se presentara esa situación, los militares venezolanos depondrían a Chávez, cesarían su actual colaboración con la guerrilla y concertarían con Colombia un plan para destruirla. Eso explica la prioridad que Chávez da al tema de la guerrilla colombiana, a la cual trata de civilizar para que sea recibida en sociedad. Pero está atrapado en un doble juego por su antigua colaboración con las FARC y el ELN, que Fidel reprueba como muy peligrosa.
Esta colaboración de Chávez con la guerrilla tiene otra vertiente que Fidel condena: el narcotráfico. El cubano percibe que esa actividad crea condiciones mundiales de opinión propicias al derrocamiento de Chávez por razones morales, a la manera de Noriega. Por eso él cerró ese negocio sacrificando a Ochoa, el general a quien lo había encomendado. Si por Fidel fuera, Chávez aplicaría la pena máxima siquiera a un par de los generales de los que tienen licencia para permitirle el paso a la cocaína colombiana hacia Europa, y daría alto relieve al episodio.
Si se considera el desempleo creciente y la inflación incontenible, la inesperada estrechez financiera, el desorden en sus propias filas, el acecho de los diosdados que le juran lealtad al tiempo que le serruchan las patas y la fatiga de quien no tiene quien le ayude, de Chávez no se puede decir que esté en un lecho de rosas. Con la exhibición del cerebro rector, ese lecho se le vuelve pura espina.
*La reacción al leer el programa de gobierno que le hizo Tinoco me la contó su compadre de sacramento, Miguel Ángel Capriles. En cuanto a su resistencia psíquica a aceptar la realidad militar, ha sido descrita por su Comandante del Ejército, general Carlos Julio Peñaloza. En ambos casos, Pérez pronunció las frases que pongo entre comillas.
29 Febrero 2008
Rafael Poleo: “Un presidente descerebrado”
Posted by towelto under Internacional, Opinión, Política, Venezuela, analisis | Etiquetas: cap, chavez, corrupción, eln, farc, fidel castro, guerrilla, militar, narcotrafico, poder, Política, tinoco, venezuela |1 Comment
Revista Zeta.
Péndulo
Un presidente descerebrado
Rafael Poleo.
1 Marzo 2008 at 9:49 pm
Rafael Poleo: “Un presidente descerebrado”
Como Carlos Andrés Pérez cuando se le murió Pedro Tinoco, el hombre que pensaba por él, Chávez queda descerebrado con la muerte de Fidel, que a los efectos prácticos yá ocurrió. Sin embargo, sigue desarrollando el plan de Fidel con respecto a …