Revista Zeta, Venezuela.
Péndulo
Rafael Poleo
18-04-2008

Ya con varias generaciones de discípulos en el oficio de hacer periódicos -o noticie­ros, documentales y cuanto hay-, este humilde cronista ha creado, por pura razón práctica, uno como manual que jamás será escrito sobre el modo de ejercer tan azarosa profesión. Lo comunico a lamparazos, sin orden ni concierto, cuando cada tema se presenta, a estos jóvenes a quienes no dejo de corregirles sus originales o decirles cómo lograr las difíciles metas de este que­hacer sin objetivos.

Si el para-discípulo es capaz de entender tamañas sutilezas, le recomiendo hacer un perfil psicológico de sus fuentes. Conocerlas, pues. Con esa información preliminar escarbará en los suelos apropiados, hará las indagaciones eficaces e interrogará de ma­nera precisa a quienes pueden darle la infor­mación. Hasta podrá adelantar la conducta de sus personajes ante cada coyuntura o eventualidad.

Por supuesto, uno se aplica el cuento. Se lo confesé a Uslar Pietri, como seis meses antes de su muerte. Había ido a visitarle un domingo al atardecer, hora en la cual, no sé por qué, la gente es más sincera. Apenas llegué, el doctor Uslar me desbordó con sus certeros comentarios sobre los aconteci­mientos del día. Incurrí en un cuasi-irrespeto que, afortunadamente, un hombre tan ex­perimentado y tan sensible fue capaz de entender.

-Doctor Uslar -le dije-, no vengo a ha­blarle de política. Con todo respeto, las opiniones de los compatriotas de su genera­ción yo las conozco. Pudiera entregarle a la prensa una nota cada día con su opinión sobre el hecho más importante del momen­to, y cuando usted la leyera por la mañana diría: “Sí… Esto es lo que yo pienso”. Esta tarde necesito hablarle de un tema existen-cial: cómo es eso de envejecer. Porque siento que en algún lugar de mí, un lugar que no está en mi cuerpo, yo mismo he empezado a envejecer.

Por ahí nos fuimos en consideraciones sobre el difícil arte de ser viejo, las cuales no vienen ahora al caso. El hecho es que hasta a alguien como Uslar éste viejo perio­dista le había hecho -sin proponérselo, por supuesto-, un cuidadosa tomografía.

Pero… Uslar era una persona explícita. En otros casos la operación puede ser más difícil. Unas veces porque el objeto de aná­lisis no está suficientemente conformado, de modo que él mismo no sabe qué va a hacer en determinado caso. Otras, porque su natu­raleza y/o lo que la vida le enseñó, han hecho de él una persona reservada. Eso que llaman “un político guabinoso”. Digo que así es Manuel Rosales.

No soy el primero en caer en cuenta. Rosales tenía esa fama en AD, según recuer­do de la campaña del ‘83, que hice en el Zulia. Cauteloso, pero guapo a la hora de las chiquiticas. Después supo eludir las malda­des adecas, que si les cuento lloran -nunca vi una concentración de canallas como la que Acción Democrática, un partido tan be­llo, pudo reunir en determinado momento de su historia.

Cuando el partido estalló por la cobardía de sus dirigentes en el tránsito de la Cuarta a la Quinta -se le rindieron a Chávez, así de simple-, Manuel hizo el side step de los buenos pugilistas y, llevándose a la masa adeca, siguió siendo un gobernante social-demócrata que para serlo no consideraba indispensable pelear con un presidente fas­cista que vivía tan lejos de Maracaibo. Se limitó a ser un buen gobernador. No le melló la traición -cuándo no- de un protegido suyo a quien había hecho alcalde capitalino. Así llegó a un momento muy interesante y discutido de esta década fascista: la de ir o no ir a las elecciones parlamentarias del 2005. Un tema que por extemporáneo eludo discutir. Tendría, además, que ofender a po­líticos a quienes el régimen pagó para que fueran. No toques ese vals/cierra ese piano.

Lo bueno fue la expectativa sobre qué haría Rosales. Henry Ramos se decía y se repetía: “La vaina es qué hará Manuel”. Chávez, consciente de cuánto le perjudica­ría la abstención, trató personalmente de persuadirlo a que votara. Le ofreció villas y castillas. Rosales le permitió dejar la re­unión con la sensación de que no se absten­dría. En la hora cero, ordenó la abstención. La arrechera de Chávez fue pública, lo cual debería ser suficiente para demostrar que esa abstención en la cual la Oposición a nada renunció -el CNE había dispuesto dejarle unas veinte bancas en la Asamblea-, ha sido uno de los porrazos más severos que ha recibido el régimen: su Poder Legislativo es simplemente ilegítimo, porque no es una representación nacional.

Si ese gancho al hígado del régimen fue un momento cumbre de Manuel Rosales, su Noche Triste fue aquel 4 de diciembre de 2006, de infausta memoria, cuando, impre­ciso y tartajeante, mandó a quitarse los za­patos de caminar a las mayorías rebeladas contra aquella farsa. Para “el libro”, he pre­guntado a testigos qué pasó aquella noche. Puedo adelantar que Rosales salió con esa vaina después de una reunión con su peor consejero, quien tenía dias diciendo por diversos medios que el régimen ganaría y eso debíamos calárnoslo.

De allí se creó la matriz de que contra Manuel había, en el elector de oposición, mucho rechazo. Sin embargo, se le aceptó la vocería para anunciar el triunfo opositor en el referéndum sobre la Reforma Constitu­cional que Chávez de todos modos mete, aplicando las razones del atracador: Yo soy quien está armado.

A partir de ese momento no se le sentía. Hasta el lunes pasado, cuando anunció que la Oposición inscribirá sus candidatos sin im­portarle que algún deplorable Contralor les haya inhabilitado. Fue como si el muerto a quien estás llorando levantara la tapa de la urna y te diera unos amables “Buenos días”.

Los alcances de esta resurrección serán los que Rosales quiera. Puede afincarse en la verdad política, ética y jurídica de que la Oposición no puede permitir que el régimen fascista decida quiénes serán sus candida­tos, eliminando por la vía rusiánica aquellos a quienes no pueda derrotar. Son esos y no serán otros, no importa lo que diga un CNE de legitimidad muy discutible, en el cual sólo tiene representación el régimen.

Chávez entiende ese lenguaje. Solamente los cobardes, los bolsas o los vendidos -que abundan- pueden hablarle otro.