Diario El Universal, Venezuela
Opinión
Miguel Sanmartín
05-12-2009
Era previsible, camarita. Cosa de tiempo. Lo anticipaba la elemental lógica. Lo sugería la razón. Muchos, y mucho, (lo) alertaron al respecto. Pero él, arrogante e irreverente como suele ser, y a ex profeso, ignoró los guisos y la indigestión que estos podían producir. Incluso a él, como ocurrió. Los dejó hervir. Ahora eructa, no por hartazgo, sino de cólera porque les destaparon las ollas putrefactas. Siempre las olfateó. Y siempre olieron fétido. Se hizo y sigue haciéndose el musiú ante las denuncias y evidencias cada vez más protuberantes de las correrías y tropelías de la boliburguesía. De los nuevos ricachones, rojos, muy rojitos, empoderados y forrados con la venia del evangelizador.

La rampante, galopante y grotesca corrupción boliburguesa no es ni un mito ni originaria ni tampoco reciente. Fue una concesión, calculada, para obtener la incondicionalidad del entorno. Hoy paga un precio por ello. Un costo político impactado por la inflación, en este caso social, que debita aún más su ya deprimida cuenta de popularidad. Demasiada y desfachatada inmoralidad. Recubierta de impunidad total. Incontrolable. Permitida y extendida. No hay voluntad ni valentía para desterrarla. Salpica a un gentío. Ni siquiera se amputan las chapuzas de parientes y colaboradores más cercanos.

La corrupción boliburguesa es como la expropiación de tierras. Es otra herramienta más de precisión en el arsenal revolucionario. Y opera según sea la voluntad o necesidad del pontificador: reprimir o comprar voluntades. La expropiación de fincas y empresas sólo se ejecuta contra potenciales contrincantes, insumisos, desertores, enemigos y/o productores privados contrarios al proyecto cubanizador. Los bienes de familiares y afectos son “sagradas”. En el caso de la corrupción tampoco se toca a parientes y adláteres. Los ilícitos -efectivos o infundados- que sí son tildados de repugnantes, lesivos, inadmisibles y, por tanto sancionables, son aquellos propiciados o atribuibles a sectores-personajes contrarios al régimen. Contra ellos se procede perentoria y brutalmente. A veces hasta sin pruebas y violando normas y derechos. Porque la intención es escarnecer a quienes adversan o incomodan al poder corrupto enquistado.

Tal es el caso del contrapunteo televisivo entre un gobernador y el superministro, moderado por el mismísimo comandante predicador. El palique entre ambos le “permitió” al moralizador dominguero “descubrir” una “diferencia” de 20 -piches- millarditos en el costo de la misma carretera. ¿Y que pasó? ¿Se ordenó la investigación de rigor? Aquel que dice “no meterse en eso” habló, como sí lo hizo con otros casos, con la Fiscal General para exigir cárcel para los sospechosos. ¡No! El muy apostólico consejo a los confrontados fue: reúnanse y laven los trapitos sucios en casa. Así opera la revolución: dispensa a los suyos. ¿Y el Contralor?

msanmartin@eluniversal.com

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