Diario El Universal, Venezuela
Opinión
Manuel Caballero
06-12-2009
Un país en guerra no da pasaportes sino salvoconductos

Decidí sacar un nuevo pasaporte para asistir a la Feria de Guadalajara, adonde fuimos invitados para participar en una discusión sobre “Caudillos carismáticos y liderazgos históricos” Elías Pino Iturrieta, J. Mirriá, Enrique Krauze y yo. Lo solicité con tiempo previendo que me esperaba una larga y fatigante travesía del desierto de una burocracia que ya conocemos, indolente, tarda, insufrible, como lo son todas las burocracias del mundo, y en particular la de cualquier régimen militar, y por supuesto en primerísimo lugar el que empesta a Venezuela desde 1999.

Mi sorpresa fue grande cuando sucedió lo contrario de lo que me esperaba: salí muy contento de la oficina donde, con celeridad y buen trato, se me otorgó el nuevo pasaporte, único válido a partir del primero de enero próximo. Estuve dispuesto, mientras lo introducía en el bolsillo, a concederle indulgencia plenaria a una administración que tan solo cumplía con su deber; ¡en Venezuela!

¡Puros militares! Pero al hojearlo, se me fue el gozo al pozo: cada página estaba ilustrada con el retrato de un prócer. Cosa nada objetable y, por lo demás, acaso nada original. Pero de esas figuras, apenas cuatro no eran militares: Manuelita Sáenz, Luisa Cáceres de Arismendi, Andrés Bello y Simón Rodríguez.

Las dos primeras no podían serlo porque en su tiempo, los oficiales de los ejércitos eran sólo varones. Aparte de eso, ambas son, por tradición, glorificadas menos por sus méritos personales que por los de sus machos.

En particular, a Manuelita Sáenz se le suele exaltar no por sus lúcidos días de conspiradora contra la monarquía española, sino por haber alegrado las locas noches de Simón Bolívar; no por haber recibido por lo primero de manos del General San Martín la “Orden de Caballeresa del Sol”, sino por haber recibido de Bolívar el mote de “Libertadora del Libertador”, un dicho cursi como lo es toda declaración de amor cuando se le aísla de su circunstancia; o sea, algo que no debería haber jamás pasado del oído de quien la recibía, no convertirla en una frase histórica.

Los maestros de Simoncito A Simón Rodríguez y a Andrés Bello se les incorpora allí por haber sido maestros de Simoncito cuando se pensaba que el único título que recibiría con el tiempo sería el de Marqués de Cocorote.

Se conoce muy bien la fiera respuesta del primero: que tenía muchos y más importantes méritos que el de haber sido maestro del Libertador.

Pero el colmo del irrespeto a un personaje histórico de su magnitud y sus méritos es la ilustración de la página dedicada a Andrés Bello: aparece allí dando la lección al joven Bolívar.

Eso es ignorar que Bello es un personaje, cuando menos, de la estatura de Simón Bolívar; que los dos cánones que rigen la milenaria lengua española son las gramáticas de Nebrija y de Bello; que a la prestigiosa Universidad de Santiago de Chile se le suele apellidar desde su fundación “la Casa de Bello”; en fin, que este gran Libertador del idioma tiene muchísimos méritos, aunque ellos nada signifiquen para el primitivismo de unos gobernantes que consideran más pesado en la balanza su gran demérito: no haber portado jamás una espada.

Ninguna exageración ¿No estamos exagerando al dedicar tantas líneas a la simple anécdota de un pasaporte? En manera alguna, pues eso es tan significativo para el país como puede serlo la puerta para una casa. Porque la imagen que ofrecemos con eso a quienes nos ven desde afuera es la de un país que exalta la violencia guerrera y esconde las manifestaciones de su inteligencia; y porque revela la ideología que busca imponer un gobierno que expulsa con ignominia de un corredor de Palacio el busto de Rómulo Gallegos para sustituirlo por el del “Cabito” Cipriano Castro; que borra de su historia a los próceres civiles de dos siglos, mientras glorifica a ingloriosos forajidos como Maisanta y permite que se le erija una estatua pública a un narcotraficante como Marulanda, mientras guarda un minuto de silencio a la memoria de su cómplice “Raúl Reyes”.

Un gobierno que considera merecedores de una réplica de la espada que en Lima se otorgó al Libertador por su condición de tal, a tiranos tan sanguinarios como Mugabe de Zimbawe y Gaddafi de Libia; y al nonagenario inventor del arma preferida de los atracadores y sicarios, el ruso Kalashnikov.

Ignora a Soto y a Uslar Pietri Un gobierno que olvida rendir homenaje en el momento de su muerte a Arturo Uslar Pietri y a Jesús Soto y en cambio, rinde homenaje a un personaje tan asqueante como el opulento tirano ugandés Idi Amin, y se declara dispuesto a invitar a visitarlo a un genocida convicto como Omar Hassan Ahmad al-Bashir, responsable de las horrendas masacres de Darfur.

Un gobierno que extiende la alfombra roja para recibir a un fanático como el iraní Ahmadineyad, quien a la vez que persigue con saña asesina a opositores pacíficos, jura y perjura que el Holocausto es una invención judía, a la par que fabrica a escondidas bombas atómicas y amenaza borrar a un país entero, Israel, de la faz de la tierra.

Un gobierno en fin que odia la inteligencia y exalta la fuerza bruta, al simbolizar sus preferencias con lo sucedido en la ciudad de Trujillo: quitar a una biblioteca pública el nombre del escritor Mario Briceño Iragorry para cambiarlo por el de uno de los más sanguinarios personajes de la guerra civil de independencia, Antonio Nicolás Briceño, “El Diablo”.

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